Mahommah Gardo Baquaqua, en sus propias palabras
De la Biografía de Mahommah G. Baquaqua, impresa en Detroit en 1854: todos los pasajes que contó con su propia voz, en orden. Traducidos aquí al español por nosotros, fieles al inglés impreso.
En casa, en Djougou
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Mi padre (dice Mahommah) se levantaba todas las mañanas a las cuatro para las oraciones, después de lo cual volvía a acostarse; al salir el sol realizaba sus segundos ejercicios devocionales, a mediodía rendía culto otra vez, y otra vez a la puesta del sol.
Una vez al año se celebra un gran ayuno, que dura un mes; durante este tiempo no se come nada durante el día, pero por la noche, después de realizarse algunas ceremonias, se permite comer; después de comer, se permite el culto en las propias casas, y luego se celebran asambleas de culto público. El lugar de culto era un patio grande y agradable que pertenecía a mi abuelo; mi tío era el sacerdote oficiante. Los más ancianos se colocan en filas, el sacerdote de pie al frente, los más ancianos junto a él, y así sucesivamente, ordenándose según la edad.
El sacerdote comienza las devociones inclinando la cabeza hacia la tierra y diciendo las siguientes palabras: «Allah-hah-koo-bar», y el pueblo responde «Allah-hah-koo-bar», lo que significa «Dios, oye nuestra oración, responde a nuestra oración». El sacerdote y el pueblo se arrodillan entonces y presionan la frente contra la tierra, el sacerdote repitiendo pasajes del Corán, y el pueblo respondiendo como antes. Terminada esta parte de la ceremonia, el sacerdote y el pueblo, sentados en el suelo, desgranan sus cuentas, el sacerdote repitiendo de vez en cuando pasajes del Corán. Luego oran por su rey, para que Allah lo ayude a vencer a sus enemigos, y para que preserve al pueblo de la hambruna, de las langostas devoradoras, y para que les conceda la lluvia a su debido tiempo.
Nota de El Primer Refugio. Allahu akbar significa «Dios es el más grande». La glosa «Dios, escucha nuestra oración» es la del libro de 1854.
Al terminar las ceremonias de cada día, los adoradores del profeta se van cada uno a su casa, donde se ha preparado lo mejor de todo para la comida de la noche. Este mismo culto se repite a diario durante treinta días, y termina con una inmensa reunión multitudinaria. En esta ocasión el rey viene a la ciudad, y grandes multitudes de todos los campos de los alrededores, que, junto con los habitantes de la ciudad, se reúnen en el lugar señalado para el culto, llamado Gui-ge-rah, un poco fuera de la ciudad. Este lugar, consagrado al culto del falso profeta, es uno de los «primeros templos de Dios». Consistía en varios árboles muy grandes, que formaban una sombra extensa y hermosa; el suelo, arenoso y enteramente desprovisto de hierba, se mantiene perfectamente limpio; muchos miles pueden sentarse cómodamente bajo aquellos árboles, y como está en un terreno alto, el aspecto de tan poderosa asamblea es imponente en extremo; los asientos son simplemente esteras tendidas sobre el suelo. Se levanta un montículo de arena (esta arena difiere de la arena del desierto: es una arena roja y gruesa mezclada con tierra y piedras pequeñas, y con ella se puede formar fácilmente un montículo sólido) para que el sacerdote principal esté de pie sobre él mientras se dirige al pueblo. En estas ocasiones va vestido con una túnica negra y holgada que le llega casi hasta el suelo, y lo asisten cuatro sacerdotes subalternos, que se arrodillan a su alrededor, sosteniendo el borde inferior de su túnica y agitándola de un lado a otro. De vez en cuando el sacerdote principal «se agacha como un sapo», y cuando se levanta, ellos reanudan la operación de agitar su túnica. Concluidas estas ceremonias, el pueblo vuelve a casa para ofrecer sacrificio (sarrah) por los muertos y por los vivos. Así termina el ayuno anual.
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Traicionado y vendido
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Ya se ha dicho que, cuando alguna persona da muestras de alcanzar una posición eminente en el país, de inmediato se le envidia, y se toman medidas para quitarla de en medio; así, cuando se vio que mi situación era de confianza ante el rey, naturalmente pronto fui señalado por una clase envidiosa de mis compatriotas como objeto adecuado de venganza, atraído con engaños y vendido como esclavo. Fui un día a la ciudad a ver a mi madre, cuando me siguió la música (el tambor) y me llamaron por mi nombre, el tambor batiendo al compás de una canción que al parecer había sido compuesta en mi honor, a causa, según supuse, de mi elevada posición ante el rey. Esto me agradó sobremanera, y me sentí muy halagado, y fui muy generoso, y di a la gente dinero y vino, mientras ellos cantaban y marcaban el compás con gestos. Como a una milla de la casa de mi madre, donde se hacía una bebida fuerte llamada Bah-gee con el grano Har-nee, hacia allá nos dirigimos; y cuando hube bebido abundantemente de Bah-gee, quedé del todo ebrio, y me persuadieron de ir con ellos a Zar-ach-o, como a una milla de Zoogoo, a visitar a un rey extraño que nunca antes había visto. Cuando llegamos allí, el rey nos agasajó mucho a todos, y se preparó un gran banquete, y se me dio bebida en abundancia; de hecho, todos parecían beber con mucha libertad.
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Por la mañana, cuando me levanté, me encontré con que era prisionero, y que mis compañeros se habían ido todos. ¡Oh, horror! Descubrí entonces que había sido entregado a traición en manos de mis enemigos, y vendido como esclavo. Nunca olvidaré lo que sentí en aquella ocasión; el pensamiento de mi pobre madre me atormentaba mucho, y la pérdida de mi libertad y de mi honrosa posición ante el rey me afligía muy dolorosamente. Lamenté amargamente mi necedad al dejarme engañar con tanta facilidad, y fui inducido a ahogar toda cautela en la copa. Si no me hubieran quitado el sentido, lo más probable es que hubiera escapado de sus lazos, al menos por esa vez.
El hombre en cuya compañía me vi abandonado por mis crueles compañeros era uno cuyo oficio consistía en librar al país de todos los que eran como yo. La manera en que me aseguró fue la siguiente: tomó una rama de árbol que tenía dos puntas, y la labró de modo que cruzara la parte posterior de mi cuello; luego se sujetó por delante con un perno de hierro; el palo tenía unos seis pies de largo.
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El camino hacia el mar
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Sujeto de este modo, me hicieron marchar hacia la costa, a un lugar llamado Ar-oo-zo, que era una aldea grande; allí encontré a algunos amigos, a quienes mucho les dolió mi situación, pero que no tenían medios para ayudarme. Solo nos quedamos allí una noche, pues mi amo quería darse prisa, ya que yo le había dicho que me escaparía de él y volvería a casa. Luego me llevó a un lugar llamado Chir-a-chur-ee; allí también tenía amigos, pero no pude verlos, porque me vigilaba muy de cerca, y siempre se alojaba en lugares preparados con el fin de mantener seguros a los esclavos; había agujeros en las paredes en los que se metían mis pies (una especie de cepo). Después me llevó más adelante, a un lugar llamado Cham-mah (tras pasar por muchos lugares extraños cuyos nombres no recuerdo), donde me vendió. Llevábamos entonces unos cuatro días fuera de casa y habíamos viajado muy deprisa. Permanecí solo un día, cuando fui vendido otra vez, a una mujer que me llevó a E-fau; ella llevaba consigo a algunos jóvenes, a cuyo cargo fui puesto, pero ella viajaba con nosotros; tardamos varios días en llegar allí; sufrí mucho viajando a través de los bosques, y no vi a ningún ser humano en todo el viaje. No había un camino regular, sino que teníamos que abrirnos paso como podíamos.
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Los habitantes de los alrededores de Cham-mah viven principalmente de cazar animales salvajes, que allí son muy numerosos; vi muchos durante los dos días, pero no sé sus nombres en inglés; la gente anda casi desnuda y es de la condición más ruda. El país por el que pasamos después de dejar Chir-a-chir-ee era bastante accidentado, el agua abundante y de buena calidad, los árboles son muy grandes; no sufrimos nada a causa del calor en el viaje, pues el tiempo era bastante fresco y agradable; sería un país sano y delicioso si estuviera habitado por gente civilizada, y cultivado; las flores son variadas y hermosas, los árboles, llenos de pájaros, grandes y pequeños, algunos cantan muy deliciosamente. Cruzamos varias corrientes de agua grandes, que, de no haber sido la estación seca, habrían sido muy profundas; tal como estaban, se vadeaban fácilmente, pues en algunos lugares no había más de tres pies de agua. Había grandes cantidades de aves acuáticas retozando por todas partes; vimos cisnes en abundancia, intentamos matar algunos, pero nos resultó muy difícil, pues sus movimientos sobre el agua son muy rápidos; tienen un aspecto bellísimo cuando vuelan, con el cuello y las alas extendidos en el aire, son perfectamente blancos, nunca vuelan muy alto ni muy lejos; su carne es sabrosa y buena, y se considera un gran manjar. Después de atravesar los bosques, llegamos a un lugar pequeño, donde la mujer que me había comprado tenía algunos amigos; aquí fui muy bien tratado, en verdad, durante el día, pero de noche me encerraban estrechamente, pues temían que me escapara; no pude dormir en toda la noche, tan estrechamente me tenían sujeto.
Después de permanecer allí por espacio de dos días, reanudamos nuestra marcha, viajando día tras día; el país por el que pasábamos seguía siendo bastante accidentado y montañoso; pasamos algunas montañas muy altas, que creo que se llamaban las montañas de Kong. Todo el tiempo el clima siguió fresco y agradable, se encontraba agua en gran abundancia, de calidad excelentísima; los caminos, en algunos lugares, donde la tierra era llana, eran bastante arenosos, pero solo en trechos cortos. El país estaba muy escasamente poblado todo el camino desde Cham-mah; los bosques a lo largo de la ruta no son muy extensos, sino grandes extensiones de tierra cubiertas de una hierba muy alta. Pasamos por algunos lugares donde el fuego había consumido la hierba, algo a la manera de las praderas del sur y del suroeste de América del Norte.
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Describiré aquí la manera de quemar la hierba en África. La hierba, cuando ha alcanzado un gran crecimiento, es refugio o guarida de los animales salvajes, que abundan en esa parte del país, y cuando se decide prender fuego a la hierba, se manda aviso a toda la gente de millas a la redonda, y los cazadores vienen provistos de arcos y flechas, y se apostan por todo alrededor a lo largo de varias millas, y forman un gran círculo; cuando se aplica el fuego en un punto, pronto lo descubre el grupo del lado opuesto, que inmediatamente prende fuego a su porción, y así sucesivamente, por todo alrededor, hasta que todo arde; el fuego avanza hacia dentro, hacia el centro, sin extenderse nunca fuera del círculo; los cazadores siguen de cerca las llamas, y, provistos de ramas de árboles de hojas grandes, las arrojan delante de sí para pararse sobre ellas, y así soltar sus flechas contra los animales aterrorizados, que huyen ante el elemento devorador hacia el centro del fuego; los cazadores, por supuesto, siguen a su presa alrededor de la parte exterior de la masa ardiente, matando todo lo que encuentran delante a medida que avanzan; son excelentes tiradores, y las pobres criaturas espantadas tienen muy pocas posibilidades de salvar la vida en tales momentos; se matan inmensas cantidades, así como serpientes en gran número.
Pero volvamos: mientras pasábamos por aquellos lugares que habían sido quemados recientemente, nuestra marcha era mucho más rápida, pues no había casi nada que estorbara nuestro avance; pero donde la hierba se alzaba como un muro a cada lado de nosotros, teníamos que viajar con mucha cautela, temiendo que los animales salvajes saltaran y cayeran sobre nosotros. La gente de América no sabe nada de la hierba alta como la de África; la hierba alta de las praderas americanas es como un niño al lado de un gigante, en comparación con la hierba de la zona tórrida. Crece por lo general a doce pies de altura, pero a veces mucho más, y no se puede ver nada por cerca que esté de uno, pues es tan espesa y recia; más tupida incluso que las pequeñas arboledas de este país. Por fin llegamos a Efau, donde fui vendido otra vez; la mujer pareció lamentar separarse de mí, y me dio un pequeño regalo cuando los dejé. Efau es un lugar bastante grande; las casas eran de construcción diferente a las de Zoogoo, y no tenían tan buen aspecto.
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El hombre a quien fui vendido otra vez era muy rico, y tenía un gran número de esposas y esclavos. Fui puesto al cuidado de un esclavo viejo; mientras estuve allí se celebró una gran danza, y temí que fueran a matarme, pues había oído que así lo hacían en algunos lugares, y me figuré que la danza era solo una parte preliminar de la ceremonia; en todo caso, no me sentía nada tranquilo al respecto. Estuve en Efau varias semanas y fui muy bien tratado durante ese tiempo; pero como no me gustaba el trabajo que se me asignó, vieron que yo estaba inquieto, y como temían perderme, me encerraban todas las noches.
El país alrededor de Efau era muy montañoso, y desde la ciudad las montañas a lo lejos tenían un aspecto majestuoso.
Después de dejar Efau, no tuvimos ningún lugar de parada hasta que llegamos a Dohama; nos quedábamos en los bosques de noche y viajábamos durante el día, pues había fieras en gran abundancia, y nos veíamos obligados a encender grandes fogatas por la noche para mantener alejados a los animales feroces, que de otro modo se habrían lanzado sobre nosotros y nos habrían despedazado; los oíamos aullar alrededor durante la noche; había uno en particular que la gente más temía; tenía la forma de un gato de cuerpo largo; algunos eran de un solo color, otros tenían manchas muy hermosas; sus ojos brillaban de noche como lustrosos globos de fuego; allí lo llaman el Goo-noo. Supongo, por la descripción, que debe de ser lo que aquí se conoce como el leopardo, pues, por lo que entiendo, la descripción es más o menos la misma.
Dohama está a unos tres días de camino de Efau, y es una ciudad bastante grande; las casas están construidas de manera diferente a todas las que yo había visto antes. El país circundante es llano y los caminos son buenos; está más densamente poblado que cualquier otra parte por la que yo había pasado, aunque no tanto como Zoogoo; también las costumbres de la gente eran del todo diferentes a todo lo que yo había visto antes.
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Me conducían a través de la ciudad, y mientras avanzábamos, nos encontramos con una mujer, y mi guardián, que iba conmigo, inmediatamente echó a correr y volvió atrás tan rápido como pudo. Yo me quedé inmóvil, sin saber lo que aquello significaba; él vio que yo no intentaba seguirlo, ni moverme en un sentido ni en otro, y me llamó en la lengua de Efau para que lo siguiera, lo cual hice; entonces, después de que descansamos, me dijo que la mujer con quien nos habíamos encontrado era la esposa del rey, y que es una señal de respeto correr cada vez que ella está a la vista de cualquiera de sus súbditos. Había puertas en esta ciudad, y se exigía un peaje para pasar por ellas. Me quedé allí solo poco tiempo, pero supe que era un gran lugar para el whisky, y que a la gente le gustaba mucho bailar. En este lugar vi naranjas por primera vez en mi vida. Me dijeron, mientras estuve allí, que la casa del rey estaba adornada por fuera con cráneos humanos, pero no la vi. Cuando llegamos aquí, empecé a abandonar toda esperanza de volver jamás a mi hogar, pero hasta ese momento había abrigado la esperanza de poder escapar, y de ver una vez más, de un modo u otro, mi lugar natal; pero al fin la esperanza cedió; el último rayo parecía desvanecerse, y mi corazón se sentía triste y cansado dentro de mí al pensar en mi hogar, ¡en mi madre!, a quien yo amaba con la mayor ternura, y el pensamiento de no volver a verla nunca más aumentaba mucho mis tribulaciones. Me sentía triste y solo dondequiera que anduviera, y mi corazón desfallecía dentro de mí cuando pensaba en «los viejos allá en casa». Algunas personas suponen que el africano no tiene en su pecho ninguno de los sentimientos más delicados de la humanidad, y que la leche de la ternura humana no corre por su constitución; esto es un error, un error de la especie más burda; los sentimientos que han animado a toda la raza humana viven en las criaturas de ébano de la zona tórrida, lo mismo que en los habitantes de las zonas templada y glacial; los mismos impulsos los mueven a obrar, el mismo sentimiento de amor se mueve en su seno, los mismos afectos maternales y paternales están allí, las mismas esperanzas y temores, penas y alegrías; en verdad, todo está allí como en el resto de la humanidad; la única diferencia es su color, y eso lo ha dispuesto aquel que hizo el mundo y todo lo que en él hay, los cielos, y las aguas del poderoso abismo, la luna, el sol y las estrellas, el firmamento y todo lo que ha sido hecho desde el principio hasta ahora; por tanto, ¿por qué habría nadie de despreciar las obras de sus manos, que han sido hechas y formadas según su poder omnipotente, en la plenitud de su bondad y misericordia?
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Oh, ustedes que desprecian sus obras, miren por sí mismos y tengan cuidado; el que piensa estar firme, mire no caiga. Luego seguimos hacia Gra-fe, como a un día y medio de camino; la tierra por la que pasamos estaba bastante poblada y en general bien cultivada; pero no recuerdo que pasáramos ninguna corriente de agua después de entrar en este país llano. En Gra-fe vi al primer hombre blanco, lo cual, puedes estar seguro, me llamó mucho la atención; las ventanas de las casas también me parecieron extrañas, pues era la primera vez en mi vida que veía casas con ventanas. Me llevaron a la casa de un hombre blanco, donde nos quedamos hasta la mañana, cuando me trajeron el desayuno, y juzga mi asombro al descubrir que la persona que me trajo el desayuno era un viejo conocido, que venía del mismo lugar. Al principio no me reconoció del todo, pero cuando me preguntó si mi nombre era Gardo, y le dije que sí, el pobre se llenó de alegría y me tomó de las manos y me sacudió violentamente, tan contento estaba de verme; su nombre era Woo-roo, y había venido de Zoogoo, y llevaba unos dos años esclavizado; sus amigos nunca pudieron saber qué había sido de él. Me preguntó por sus amigos de Zoogoo, me preguntó si había venido de allí recientemente, me miró la cabeza y observó que yo llevaba el mismo rapado que llevaba cuando estábamos juntos en Zoogoo; le dije que sí. Quizá convenga señalar en este lugar que en África las naciones de las distintas partes del país tienen sus diferentes modos de rapar la cabeza, y por esa marca se sabe a qué parte del país pertenecen. En Zoogoo, el pelo se rapa a cada lado de la cabeza, y en la parte superior de la cabeza, desde la frente hasta la parte posterior, se deja crecer en tres manchas redondas, que se dejan crecer bastante largas; los espacios entre ellas se rapan muy al ras; para una persona que conoce los diferentes rapados no hay dificultad en saber a qué parte pertenece cualquier hombre.
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Woo-roo parecía muy deseoso de que me quedara en Gra-fe, pero yo estaba destinado a otras partes; esta ciudad está situada a orillas de un gran río. Después del desayuno me llevaron al río y me pusieron a bordo de un bote; el río era muy grande y se dividía en dos direcciones diferentes antes de desembocar en el mar. El bote en que fueron colocados los esclavos era grande y se movía a remo, aunque también tenía velas, pero como el viento no era lo bastante fuerte, se usaban también los remos. Estuvimos dos noches y un día en este río, cuando llegamos a un lugar muy hermoso, cuyo nombre no recuerdo; no permanecimos aquí mucho tiempo, sino que, tan pronto como todos los esclavos estuvieron reunidos y el barco listo para zarpar, no perdimos tiempo en hacernos a la mar. Mientras estábamos en este lugar, pusieron a todos los esclavos en un corral, y nos colocaron de espaldas al fuego, con orden de no mirar a nuestro alrededor, y para asegurar la obediencia, pusieron delante a un hombre con un látigo en la mano, listo para golpear al primero que se atreviera a desobedecer las órdenes; otro hombre pasó entonces con un hierro candente, y nos marcó lo mismo que marcarían las tapas de los barriles o cualquier otro bien o mercancía inanimada.
Cuando todos estuvieron listos para subir a bordo, nos encadenaron unos a otros, y nos ataron con cuerdas alrededor del cuello, y así tiraron de nosotros hasta la orilla del mar. El barco estaba anclado a cierta distancia. Yo nunca había visto un barco, y la idea que tenía de él era que era algún objeto de culto del hombre blanco. Me imaginé que todos íbamos a ser masacrados, y que nos llevaban allí con ese fin. Temí por mi seguridad, y el abatimiento casi se había apoderado por completo de mí.
Ese día se hizo en tierra una especie de banquete, y a los que remaban en los botes se les regaló abundantemente con whisky, y a los esclavos se les dio arroz y otras cosas buenas en abundancia. Yo no sabía que iba a ser mi último banquete en África. No conocía mi destino. Dichoso de mí, que no lo conocía. Todo lo que sabía era que yo era un esclavo, encadenado por el cuello, y que debía someterme pronta y voluntariamente, sucediera lo que sucediera, lo cual yo consideraba que era todo lo que tenía derecho a saber.
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Por fin, cuando llegamos a la playa y estuvimos de pie sobre la arena, ¡oh, cómo deseé que la arena se abriera y me tragara! Mi desdicha no la puedo describir. Estaba más allá de toda descripción. El lector puede imaginarla, pero cualquier cosa parecida a un bosquejo de mis sentimientos se quedaría, en verdad, muy corta. Se traían allí esclavos de todas partes del país, y se los llevaba a bordo del barco. El primer bote había llegado al navío sin percance, a pesar del fuerte viento y del mar agitado; pero el último bote que se aventuró volcó, y todos los que iban en él, menos un hombre, se ahogaron. El número de los que se perdieron fue de unos treinta. El hombre que se salvó era muy robusto, e iba de pie en la proa del bote con una cadena en la mano, que agarraba con mucha fuerza para estabilizar el bote; y cuando el bote volcó, fue arrojado al mar con los demás, pero al salir a la superficie, de algún modo debajo del bote, logró darle la vuelta, y así se salvó saltando dentro de él cuando se enderezó. Esto requería una gran fuerza, y ser un hombre poderoso le dio la ventaja sobre los demás. En el siguiente bote que se echó al mar me colocaron a mí; pero Dios tuvo a bien perdonarme la vida, quizá con algún buen propósito. Fui colocado entonces en el más horrible de todos los lugares,
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El barco negrero
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Sus horrores, ¡ah!, ¿quién los puede describir? Nadie puede pintar sus horrores con tanta verdad como el pobre, desventurado y miserable infeliz que ha estado encerrado dentro de sus portales. ¡Oh, amigos de la humanidad!, compadézcanse del pobre africano, que ha sido atrapado con engaños y vendido lejos de sus amigos y de su hogar, y relegado a la bodega de un barco negrero, para esperar aún más horrores y miserias en una tierra lejana, entre la gente religiosa y benévola. Sí, aun en medio de ellos; pero, ¡al barco! Nos arrojaron a la bodega del navío en estado de desnudez, los varones amontonados de un lado y las mujeres del otro; la bodega era tan baja que no podíamos estar de pie, sino que estábamos obligados a agacharnos en el suelo o a sentarnos; el día y la noche eran lo mismo para nosotros, pues se nos negaba el sueño por la posición apretada de nuestros cuerpos, y nos desesperamos por el sufrimiento y la fatiga.
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¡Oh! La repugnancia y la inmundicia de aquel horrible lugar nunca se borrarán de mi memoria; no, mientras la memoria tenga su asiento en este cerebro trastornado, lo recordaré. Aun en el día de hoy, mi corazón se enferma al pensar en ello.
Que esos individuos humanitarios, que están a favor de la esclavitud, se permitan tan solo ocupar el lugar del esclavo en la bodega fétida de un barco negrero, solo por un viaje de África a América, y sin entrar en los horrores de la esclavitud más allá de esto, si no salen de allí abolicionistas cabales, entonces no tengo nada más que decir en favor de la abolición. Pero pienso que sus opiniones y sentimientos respecto a la esclavitud cambiarán en algún grado, de todos modos; si no, que continúen en el camino de la esclavitud, y cumplan su tiempo en un campo de algodón o de arroz, o en otra plantación, y entonces, si no dicen: ¡alto, basta!, pienso que deben de estar hechos de hierro, y no poseer ni corazón ni alma. Me imagino que no puede haber en toda la creación más que un lugar más horrible que la bodega de un barco negrero, y ese lugar es donde los esclavistas y sus secuaces tienen más probabilidades de encontrarse algún día, cuando, ay, será demasiado tarde, ¡demasiado tarde, ay!
El único alimento que tuvimos durante el viaje fue maíz remojado y hervido. No puedo decir cuánto tiempo estuvimos así encerrados, pero pareció muchísimo tiempo. Sufrimos mucho por falta de agua, pero se nos negaba toda la que necesitábamos. Una pinta al día era todo lo que se nos permitía, y nada más; y muchísimos esclavos murieron durante la travesía. Hubo un pobre hombre que se desesperó tanto por falta de agua, que intentó arrebatarle un cuchillo al hombre blanco que traía el agua, y entonces lo subieron a cubierta y nunca supe qué fue de él. Supuse que lo habían arrojado por la borda.
Cuando alguno de nosotros se volvía rebelde, le cortaban la carne con un cuchillo, y le frotaban pimienta o vinagre para volverlo pacífico (!) Sufrí, y lo mismo el resto de nosotros, muchísimo por el mareo al principio, pero eso no causó ninguna molestia a nuestros brutales dueños. Nuestros sufrimientos eran solo nuestros; no teníamos a nadie con quien compartir nuestras penas, nadie que se preocupara por nosotros, ni siquiera que nos dijera una palabra de consuelo. A algunos los arrojaron por la borda antes de que el aliento hubiera salido de sus cuerpos; cuando se pensaba que alguno no iba a vivir, se deshacían de él de ese modo. Solo dos veces durante el viaje se nos permitió subir a cubierta a lavarnos: una vez en alta mar, y otra justo antes de entrar en puerto.
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Brasil
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Llegamos a Pernambuco, en América del Sur, temprano por la mañana, y el navío anduvo de un lado a otro durante el día, sin echar el ancla. En todo aquel día no comimos ni bebimos nada, y se nos dio a entender que debíamos permanecer en completo silencio y no dar ningún grito, pues de lo contrario nuestras vidas correrían peligro. Pero cuando «la noche echó su negro manto sobre la tierra y el mar», cayó el ancla, y se nos permitió subir a cubierta para ser vistos y palpados por nuestros futuros amos, que habían venido a bordo desde la ciudad. Desembarcamos a unas pocas millas de la ciudad, en la casa de un granjero, que se usaba como una especie de mercado de esclavos. El granjero tenía muchísimos esclavos, y no llevaba yo mucho tiempo allí cuando lo vi usar el látigo con bastante liberalidad sobre un muchacho, lo cual causó una profunda impresión en mi mente, pues, desde luego, imaginé que esa sería mi suerte antes de mucho, y ¡oh!, demasiado pronto, ¡ay!, se hicieron realidad mis temores.
Cuando llegué a la orilla, me sentí agradecido a la Providencia porque se me permitía una vez más respirar aire puro, pensamiento que casi absorbía todos los demás. Poco me importaba entonces ser esclavo, haber escapado del barco era todo en lo que pensaba. Algunos de los esclavos que venían a bordo sabían hablar portugués. Habían vivido en la costa con familias portuguesas, y solían hacernos de intérpretes. No los habían puesto en la bodega con el resto de nosotros, sino que bajaban de vez en cuando a decirnos una cosa u otra.
Estos esclavos nunca supieron que iban a ser enviados lejos, hasta que los pusieron a bordo del barco. Permanecí en este mercado de esclavos solo un día o dos, antes de ser vendido de nuevo a un traficante de esclavos de la ciudad, que a su vez me vendió a un hombre del campo, que era panadero y residía a no gran distancia de Pernambuco.
Cuando llega un barco negrero, la noticia corre como reguero de pólvora, y acuden todos los que tienen interés en la llegada del navío con su cargamento de mercancía viva, quienes escogen del lote a los más adecuados para sus diferentes fines, y compran a los esclavos exactamente del mismo modo en que se comprarían bueyes o caballos en un mercado; pero si en ese cargamento no hay la clase de esclavos adecuada a las necesidades y deseos de los compradores de esclavos, se le hace un encargo al Capitán de las clases particulares que se requieren, las cuales se suministran por encargo la próxima vez que el barco entra en puerto. Gran número de personas hacen todo un negocio de esta compra y venta de carne humana, y no hacen otra cosa para ganarse la vida, pues dependen enteramente de esta clase de tráfico.
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Mientras hacía la travesía en el barco negrero, me las había ingeniado para adquirir un poco de conocimiento de la lengua portuguesa, de los hombres de quienes hablé antes, y como mi amo era portugués, yo podía comprender muy bien lo que quería, y le di a entender que haría todo lo que necesitara lo mejor que pudiera, con lo cual pareció bastante satisfecho.
Su familia se componía de él mismo, su esposa, dos hijos y una mujer emparentada con ellos. Tenía otros cuatro esclavos además de mí. Era católico romano, y celebraba con regularidad el culto familiar dos veces al día, más o menos de la siguiente manera: tenía un gran reloj colocado en la entrada de la casa, dentro del cual había unas imágenes hechas de barro, que se usaban en el culto. Todos teníamos que arrodillarnos ante ellas; la familia delante y los esclavos detrás. Nos enseñaban a entonar unas palabras cuyo significado no conocíamos. También teníamos que hacer la señal de la cruz varias veces. Durante el culto, mi amo sostenía un látigo en la mano, y a quienes mostraban señales de distracción o somnolencia se les hacía volver en sí de inmediato con una enérgica aplicación del látigo. Esto le tocaba casi siempre a la esclava, que a menudo se quedaba dormida a pesar de las imágenes, las persignaciones y otras diversiones por el estilo.
Pronto me pusieron a hacer trabajos duros, como aquellos a los que solo se somete a los esclavos y a los caballos. Cuando este hombre me compró, estaba construyendo una casa y tenía que traer piedra de construcción del otro lado del río, a una distancia considerable, y yo me veía obligado a cargar piedras tan pesadas que hacían falta tres hombres para subírmelas a la cabeza, carga que tenía que llevar durante un cuarto de milla por lo menos, hasta donde estaba el bote. A veces la piedra me oprimía tanto la cabeza que me veía obligado a arrojarla al suelo, y entonces mi amo se enojaba muchísimo y decía que el cassoori (perro) había tirado la piedra, mientras yo pensaba en mi corazón que el peor perro era él; pero era solo un pensamiento, pues no me atrevía a expresarlo con palabras.
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Mientras estuve allí pronto mejoré mi conocimiento de la lengua portuguesa, y muy en breve fui capaz de contar hasta cien. Entonces me mandaron a vender pan para mi amo, primero recorriendo el pueblo y luego saliendo al campo, y por la tarde, después de volver a casa, vendía en el mercado hasta las nueve de la noche. Como era bastante honrado y perseverante, por lo general lo vendía todo, pero a veces no tenía tanto éxito, y entonces el látigo era mi porción.
Mis compañeros de esclavitud no eran tan formales como yo, pues eran muy dados a la bebida, de modo que no le resultaban tan provechosos a mi amo. Me aproveché de esto para elevarme en su opinión, mostrándome muy atento y obediente; pero daba lo mismo, hiciera lo que hiciera, vi que tenía que servir a un tirano, nada parecía satisfacerlo, así que yo también me di a la bebida, y entonces fuimos todos de una misma clase, mal amo, malos esclavos.
Las cosas iban de mal en peor, y yo ansiaba mucho cambiar de amo, así que intenté huir, pero pronto me atraparon, me ataron y me llevaron de vuelta. Después probé qué conseguiría siendo desleal e indolente; así que un día en que me mandaron a vender pan como de costumbre, vendí solo una pequeña cantidad, y el dinero lo tomé y lo gasté en whisky, que bebí sin mucha moderación, y volví a casa bien borracho; cuando mi amo fue a contar la venta del día en mi canasta y descubrió el estado de las cosas, me golpearon con mucha severidad. Le dije que no debía azotarme más, y me enojé bastante, porque me vino a la cabeza la idea de que lo mataría y después me destruiría a mí mismo. Al fin decidí ahogarme; prefería morir antes que vivir siendo esclavo. Entonces corrí hasta el río y me arrojé en él, pero unas personas que estaban en un bote me vieron, y me rescataron de morir ahogado. La marea estaba baja en ese momento, o de lo contrario sus esfuerzos muy probablemente habrían sido inútiles, y a pesar de mi firme determinación, di gracias a Dios de que mi vida hubiera sido preservada, y de que no se hubiera consumado un acto tan malvado. Eso me llevó a reflexionar seriamente que «Dios obra de un modo misterioso», y que todos sus actos son actos de bondad y misericordia.
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Yo no era entonces más que un pobre pagano, casi tan ignorante como un hotentote, y no había conocido al Dios verdadero, ni ninguno de sus divinos mandamientos. Sin embargo, ignorante y esclavo como era, la esclavitud la aborrecía, principalmente, supongo, porque yo era su víctima. Después de este intento contra mi vida, me llevaron a la casa de mi amo, quien me ató las manos a la espalda, me juntó los pies y me azotó del modo más despiadado, y me golpeó en la cabeza y la cara con un palo pesado, luego me sacudió por el cuello y me golpeó la cabeza contra los postes de la puerta, lo que me causó cortes y contusiones en las sienes; las cicatrices de ese trato salvaje son visibles todavía hoy, y lo seguirán siendo mientras yo viva.
Después de toda esta crueldad me llevó a la ciudad y me vendió a un tratante, adonde ya me había llevado una vez antes, pero sus amigos le aconsejaron entonces que no se deshiciera de mí, pues consideraban que le convenía más quedarse conmigo, ya que yo era un esclavo rentable. No he contado ni la décima parte de los crueles sufrimientos que soporté mientras estuve al servicio de este miserable con forma humana. Los límites de la presente obra no permiten más que una rápida ojeada a las diferentes escenas que tuvieron lugar en mi breve carrera. Podría contar más de lo que resultaría agradable para «oídos corteses», y eso no podría hacer ningún bien. Podría relatar sucesos que «helarían tu joven sangre, desgarrarían tu alma y harían que cada cabello se erizara como las púas del irritado puercoespín»; y sin embargo no sería más que una repetición de los mil y un relatos, tantas veces contados, de los horrores del cruel sistema de la esclavitud.
El hombre al que fui vendido de nuevo era muy cruel en verdad. Compró dos mujeres al mismo tiempo que me compró a mí; una de ellas era una muchacha muy hermosa, y la trató con una barbarie espantosa.
Al cabo de unas semanas me embarcó hacia Río de Janeiro, donde permanecí dos semanas antes de ser vendido otra vez. Había allí un hombre de color que quería comprarme, pero por una razón u otra no concluyó la compra. Menciono este hecho solo para ilustrar que la posesión de esclavos se engendra en el poder, y que cualquiera que tenga los medios para comprar a su semejante con el vil metal puede convertirse en dueño de esclavos, sin importar su color, su credo o su país, y que el hombre de color esclavizaría a su prójimo tan de buena gana como el hombre blanco, si tuviera el poder.
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Al fin fui vendido al Capitán de un navío que era lo que podría llamarse «un tipo duro». Me invitó a ir a ver a su Senora (esposa). Le hice mi mejor reverencia, y pronto quedé instalado en mi nuevo oficio, que consistía en fregar los bronces del barco, limpiar los cuchillos y tenedores, y hacer otras pequeñas tareas que era necesario hacer en el camarote. Al principio no me gustaba mi situación; pero a medida que fui conociendo a la tripulación y al resto de los esclavos, me fue bastante bien. En poco tiempo fui ascendido al oficio de ayudante del mayordomo. El mayordomo proveía la mesa, y yo llevaba las provisiones al cocinero y servía a la mesa; como era bastante listo, me daban mucho que hacer. Poco tiempo después, el capitán y el mayordomo tuvieron un desacuerdo, y este dejó su cargo, y entonces se me confiaron las llaves de su oficio. Hice todo lo que estuvo en mi poder para complacer a mi amo, el capitán, y él a cambio depositó su confianza en mí. La dama del capitán era cualquier cosa menos una buena mujer; tenía un genio malísimo. El capitán se la había llevado de Santa Catarina justo cuando estaba a punto de casarse, y creo que nunca se casó con ella. A menudo me hacía caer en desgracia con mi amo, y entonces era seguro que seguiría una tanda de azotes. Unas veces hacía todo lo que podía para que me dieran una azotaina, y otras veces intervenía y lo impedía, según el humor en que estuviera. Era una extraña mezcla de humanidad y brutalidad. Siempre se hacía a la mar con el capitán.
Nuestro primer viaje fue a Río Grande; el viaje en sí era bastante agradable, de no haber sufrido yo de mareo. El puerto de Río Grande es más bien poco profundo, y al entrar tocamos fondo, pues dio la casualidad de que era marea baja, y nos costó mucho trabajo volver a ponerlo a flote. Por fin lo logramos, e intercambiamos nuestro cargamento por carne seca. Luego fuimos a Río de Janeiro y pronto logramos deshacernos del cargamento. Después pusimos rumbo a Santa Catarina para obtener Farina, una especie de alimento farináceo que usaban sobre todo los esclavos. De allí regresamos de nuevo a Río Grande e intercambiamos nuestro cargamento por aceite de ballena, y volvimos a hacernos a la mar, rumbo a Río de Janeiro. Como el navío iba muy pesadamente cargado, lo pasamos muy mal; todos esperábamos perecer, pero aligerando el barco de parte de su cargamento, lo que hicimos arrojando por la borda una cantidad, el barco y toda la tripulación se salvaron una vez más de las fauces devoradoras del elemento destructor. Predominaban los vientos contrarios, y aunque estuvimos a la vista del puerto durante varios días, no pudimos entrar en él, por más que hicimos.
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Mientras estábamos en la incierta situación de no saber si pereceríamos o no, se me ocurrió que la muerte no sería más que una liberación de mi esclavitud, y que por eso sería más bien bienvenida que otra cosa. En verdad, apenas me atrevía a que me importara una cosa u otra. No era más que un esclavo, y me sentía un esclavo sin esperanza ni perspectivas de ser libre, sin amigos ni libertad. No tenía esperanzas en este mundo y nada sabía del otro; todo era tinieblas, todo era miedo. El presente y el futuro eran uno solo, sin señal que los dividiera, todo ¡Trabajo! ¡¡Trabajo!! ¡Crueldad! ¡¡Crueldad!! Ningún fin sino la muerte para todos mis males. Yo no era cristiano entonces; no conocía el amor de un Salvador, nada sabía de su gracia salvadora, de su amor por los pobres pecadores perdidos, de su misión de paz y buena voluntad para con todos los hombres, ni había oído hablar de aquella buena tierra de la que el poeta habla tan bellamente, «una tierra de puro deleite donde moran los santos inmortales», y hacia esa tierra de promisión el cristiano acorta cada día el viaje. ¡No! Esas «nuevas de gran gozo» no habían sido comunicadas todavía a mi mente sombría, y todo era negra desesperación. Pero cuando oí las palabras del Salvador «Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar». Lo busqué y lo hallé, lo cual vino como un bálsamo para mis heridas, como consuelo para mi alma afligida. Cuando pienso en todo esto y considero el pasado, me contento con seguir luchando en este mundo para cumplir aquí mi misión y hacer la obra que se me ha dado que hacer. ¡Oh! Cristianismo, tú que alivias los sufrimientos del hombre, tú, guía del ciego y fuerza del débil, sigue tú adelante en tu misión, anuncia por todas partes las pacíficas nuevas de la salvación y alegra el corazón del hombre, «entonces el desierto se alegrará y florecerá como la rosa». Entonces la esclavitud con todos sus horrores llegará finalmente a su fin, pues nadie que posea tu poder y esté bajo tu influencia puede perpetuar un oficio tan absolutamente opuesto a todas tus doctrinas, y tan repugnante a ellas.
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Tras mucho trabajo y fatiga, fuimos desembarcados en perfecta seguridad. Durante este viaje sufrí más castigos corporales que nunca en mi vida. El segundo de a bordo, un perfecto bruto, me ordenó un día baldear el barco, y cuando hube terminado, me señaló un lugar donde, según dijo, había una mancha, y con una maldición me ordenó fregarlo de nuevo, y así lo hice, pero como no estaba del mejor humor, exigió que se hiciera una tercera vez, y así sucesivamente.
Al ver que era solo por capricho y que no había ninguna mancha que limpiar. Al final me negué a fregar más, y entonces él la emprendió contra mí con un palo de escoba, y como yo tenía un cepillo de fregar en la mano, lo levanté contra él. El amo vio todo lo que pasaba, y se enojó mucho conmigo por haber intentado golpear al segundo de a bordo. Ordenó a uno de los marineros que le cortara un trozo de cuerda; me dijo que iba a ser azotado, y yo respondí «muy bien», pero seguí con mi trabajo con un ojo vuelto continuamente hacia él, vigilando sus movimientos. Cuando hube dejado listo el desayuno, se me acercó por detrás antes de que pudiera apartarme de su camino, y me golpeó con la cuerda sobre los hombros, y como era bastante larga, el extremo bajó balanceándose y me golpeó el estómago con mucha violencia, lo que me causó algo de dolor y malestar; la fuerza con que se dio el golpe me derribó por completo y después me golpeó, estando yo en cubierta, de la manera más brutal. Mi ama intervino en ese momento y me salvó de más violencia.
Permanecimos en Río de Janeiro casi un mes. Mientras estábamos allí ocurrió un incidente, que relataré para ilustrar el sistema de la esclavitud.
Un día fue necesario que yo bajara a tierra con mi amo como uno de los remeros, y estando allí bebí vino sin mucha moderación, y al ver que mi amo estaba por volver al bote, me dirigí hacia donde estaba, y como iba bastante aturdido por la bebida, además de turbado al ver a mi amo, me caí al agua, pero como era poco profunda, no sufrí nada más que un buen remojón por mi borrachera. Me sacaron fácilmente. Mientras remaba para mi amo, la cabeza me daba muchas vueltas por los efectos del licor que había bebido, y en consecuencia no remaba con mucha firmeza, cuando mi amo, viendo el estado en que me encontraba, me preguntó qué me pasaba; yo dije «nada, señor»; él dijo de nuevo: «¿has estado bebiendo?» Respondí: ¡no, señor! De modo que por ser maltratado aprendí a beber, y de eso aprendí a decir mentiras, y sin duda habría seguido paso a paso de mal en peor, hasta que nada habría sido demasiado malvado para que yo lo hiciera, y todo esto por culpa del horrible sistema de la esclavitud. Pero me alegra decir que, por la gracia de Dios, fui llevado a abandonar mis malos caminos.
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Hacia Nueva York
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Cuando se desembarcó la carga, como un comerciante inglés tenía una cantidad de café para enviar a Nueva York, mi amo fue contratado para ese fin, y se convino, al cabo de algún tiempo, que yo lo acompañara, junto con varios otros, para servir a bordo.
Todos nos habíamos enterado de que en Nueva York no había esclavitud; de que era un país libre y de que, si una vez llegábamos allí, no tendríamos nada que temer de nuestros crueles amos esclavistas, y todos ansiábamos muchísimo llegar allí.
Antes de que el barco zarpara, se nos informó que íbamos a una tierra de libertad. Dije entonces: nunca más me volverán a ver, una vez que llegue allí. Me llené de alegría ante la idea de ir a un país libre, y despuntó en mí un rayo de esperanza: que no estaba lejos el día en que yo sería un hombre libre. En verdad, ya me sentía ¡libre! ¡Qué hermosamente brillaba el sol aquella memorable mañana, la mañana de nuestra partida hacia aquella tierra de libertad de la que tanto habíamos oído hablar! También los vientos eran favorables, y pronto el velamen se desplegó ante la brisa vivificante, y nuestro barco puso rumbo a aquella tierra feliz. Los deberes del oficio, en aquel viaje, me parecieron en verdad livianos, en la expectativa de ver la buena tierra, y nada en absoluto me parecía una molestia. Obedecía todas las órdenes alegremente y con presteza.
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Aquel fue el tiempo más feliz de mi vida, aun ahora mi corazón se estremece de gozosa alegría cuando pienso en aquel viaje, y creo que el Dios de todas las misericordias lo dispuso todo para mi bien; ¡cuán agradecido estaba yo!
Los vientos se mantuvieron favorables para una travesía rápida varios días seguidos, después de lo cual tuvimos un tiempo muy duro y tempestuoso, que retrasó algo nuestro avance y nos puso en cierto peligro de ser enviados «a aquellos confines de donde ningún viajero regresa», pues se temía por nuestra seguridad. Una noche, durante el viaje, sopló un verdadero huracán toda la noche, y justo antes del amanecer, las lámparas de la bitácora se apagaron con el fuerte balanceo del barco. Se me ordenó encenderla, pero a causa del fuerte viento, después de varios intentos, fracasé por completo. Ajá, dice el capitán, muchacho, no puedes encender la bitácora, ¿verdad?
El hombre del timón dijo que había bastante luz, que podía arreglárselas sin ella, que veía bastante bien la brújula; pero como se habían dado órdenes, se necesitara la luz o no, había que obedecerlas; así que se llamó a otros tres marineros y se colocó una manta alrededor de la bitácora para protegerla del viento, y por fin lograron encenderla, pero yo, como no entendía cómo hacerlo, no pude encenderla; lo había intentado una y otra vez. Después de esto el capitán salió de su litera, se vistió y me ordenó encender su lámpara; cuando fui hacia él, tomó un palo grande con el propósito de golpearme, y como apuntaba un golpe a mi cabeza, levanté el brazo para impedir que me golpeara la cabeza; él me dijo que bajara la mano. Lo hice, pero cuando el golpe caía, levanté de nuevo la mano y logré salvar mi cráneo de que me lo partieran; él no quería golpearme la mano porque eso me impediría hacer mi trabajo, pero, tuviera o no la cabeza rota, yo habría tenido que hacer mi trabajo de costumbre. Entonces me dijo que me volteara para poder golpearme la espalda. Le dije que me golpeara todo lo que quisiera. Estaba muy enojado y me golpeó al azar en la cabeza y en el cuerpo, justo donde cayera. Lo desafié a que hiciera lo peor, a que hiciera lo que pudiera y descargara plenamente su venganza sobre un ser miserable como yo. Luego llamó a tres de los marineros y les ordenó que me ataran al cañón. Pensé en saltar al agua, pero no me satisfacía del todo irme solo; si hubiera podido tener el placer de llevármelo conmigo, lo habría hecho de buena gana. Los tres hombres me sujetaron y me colocaron sobre el cañón, boca abajo; luego se les ordenó que me azotaran, lo cual hicieron con bastante fuerza; después él exigió que me sometiera y pidiera misericordia, pero eso no lo quise hacer. Le dije que me matara si le placía, ¡pero que misericordia de sus manos no imploraría! También le dije que, cuando me desataran del cañón, ese día él tendría que cuidarse, pues al mirar mi cuerpo lacerado y sangrante, reflexioné que, aunque estaba magullado y desgarrado, mi corazón no estaba doblegado.
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En cuanto me soltaron, me dirigí hacia el capitán, quien dio órdenes a los hombres de ponerme a buen recaudo en la proa del barco y de no permitirme acercarme a él otra vez. Estaba tan adolorido por mis magulladuras y cortes que no pude hacer nada durante varios días.
El capitán, durante mi enfermedad, me enviaba buenas viandas de su propia mesa, sin duda para apaciguarme después de los crueles agravios que me había infligido, pero eso fue en vano. No tenía gran prisa por volver al trabajo, pues él, con frecuencia, antes de esto, me había hecho azotar por no hacer lo que a tres hombres cualesquiera les habría costado hacer, de modo que ahora me sentía inclinado a que él prescindiera del todo de cualquier otro servicio mío.
La esclavitud es mala, la esclavitud es injusta. Este capitán hizo muchísimas cosas crueles que sería horrible relatar; trataba a las esclavas con grandísima crueldad y barbarie; hacía todo a su antojo, no había nadie que tomara el partido de ellas; era por un tiempo «monarca de todo cuanto abarcaba con la vista»; «rey de la casa flotante», nadie se atrevía a contradecir su poder ni a refrenar su voluntad. Pero viene el día en que su poder será conferido a otro, y de su mayordomía tendrá que dar cuenta; ay, ¿qué cuenta podrá dar de los crímenes cometidos sobre los cuerpos convulsos de los pobres desdichados privados de toda piedad que tenía a su cargo, cuando cese su realeza y se exija la gran cuenta?, ¿cómo responderá? ¿Y cuál será su destino? Eso solo se sabrá cuando se abra el gran libro. Que Dios lo perdone (en su infinita misericordia) por las torturas infligidas a sus semejantes, aunque de una tez diferente.
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Las primeras palabras de inglés que mis dos compañeros y yo llegamos a aprender fueron F-r-e-e; nos la enseñó un inglés que iba a bordo, y, ¡oh!, ¡cuántas veces la repetí, una y otra vez! Este mismo hombre me habló mucho de la ciudad de Nueva York (sabía hablar portugués). Me contó que las personas de color en Nueva York eran todas libres, y eso me hizo sentir muy feliz, y anhelaba que llegara el día en que yo estuviera allí. El día llegó por fin, pero no era cosa fácil para dos muchachos y una muchacha, que solo sabían decir una palabra de inglés, escaparse, sin tener, según suponíamos, amigos que nos ayudaran. Pero Dios era nuestro amigo, como se vio al final, y levantó para nosotros muchos amigos en una tierra extraña.
El práctico que subió a bordo de nuestro barco nos trató con mucha amabilidad; parecía distinto de cualquier persona que yo hubiera visto antes, y cobramos ánimo por esa pequeña circunstancia. Al día siguiente subieron a bordo del barco muchísimas personas de color, que preguntaron si éramos libres. El capitán nos había dicho antes que no dijéramos que éramos esclavos, pero no hicimos caso de su deseo, y él, viendo a tantas personas subir a bordo, comenzó a temer que a su propiedad se le metiera en la cabeza alzar los talones y escaparse, así que muy prudentemente nos informó que Nueva York no era lugar para que anduviéramos por ahí: que era un lugar muy malo, y que, tan seguro como que la gente nos atrapara, nos matarían. Pero cuando estuvimos solos resolvimos aprovechar la primera oportunidad y arriesgarnos a ver cómo nos iría en un país libre.
Un día en que me había servido vino con bastante liberalidad, tuve la imprudencia de decir que no me quedaría más tiempo a bordo; que sería libre. El capitán, al oírlo, me llamó abajo, y él y otros tres intentaron encerrarme, pero no pudieron; aunque al final lograron encerrarme en un cuarto en la proa del barco. Estuve allí encerrado varios días. El hombre que me traía la comida tocaba a la puerta, y si yo le decía que entrara, entraba; si no, seguía de largo, y yo me quedaba sin comida. En una ocasión le dije que, por mi vida, no permanecería encerrado allí otro día; que de allí saldría; y como había en el cuarto algunos pedazos de hierro, hacia la noche tomé uno de ellos (era una barra de unos dos pies de largo), con ella forcé la puerta y salí. Los hombres estaban todos ocupados en su trabajo, y la esposa del capitán estaba de pie en la cubierta cuando subí de mi prisión. Los oí preguntarse unos a otros quién me había dejado salir; pero nadie supo decirlo. Hice una reverencia a la esposa del capitán y seguí hasta el costado del barco. Había un tablón del barco a la orilla. Lo crucé y corrí como si me fuera la vida en ello, sin saber, por supuesto, adónde iba. Durante mi huida me vio un vigilante que cojeaba un poco, y trató de detenerme, pero me lo quité de encima y seguí adelante hasta llegar a una tienda, a cuya puerta me detuve un momento para tomar aliento. Me preguntaron qué pasaba, pero no pude decírselo, pues no sabía nada de inglés salvo la palabra F-r-e-e. Poco después, el vigilante cojo y otro llegaron hasta mí. Uno de ellos sacó del bolsillo una estrella brillante y me la mostró, pero no entendí nada de aquello. Entonces me llevaron al puesto de guardia y me encerraron toda la noche, cuando el capitán se presentó a la mañana siguiente, pagó los gastos y me llevó de vuelta consigo al barco. Los agentes me dijeron que sería un hombre libre si así lo decidía, pero yo no sabía cómo actuar; así que, después de un poco de persuasión, el capitán me indujo a volver con él, ya que no tenía por qué tener miedo. Esto fue un sábado, y el lunes siguiente por la tarde llegaron tres carruajes y se detuvieron cerca del barco. Unos caballeros bajaron de ellos, subieron a bordo y se pasearon por la cubierta, hablando con el capitán, diciéndole que todos los que estaban a bordo eran libres y pidiéndole que izara la bandera. Él se sonrojó mucho y dijo que no lo haría; se puso muy furioso y tronó de manera bastante considerable. Después nos llevaron en sus carruajes, acompañados por el capitán, a un edificio muy hermoso con un espléndido pórtico al frente, a cuya entrada se subía por una escalinata de mármol, y que estaba rodeado por una elegante reja de hierro con portones en diferentes puntos, y el recinto estaba adornado con árboles y arbustos de diversas clases; me pareció un lugar hermosísimo, pues nunca antes había visto nada semejante. Después supe que aquel edificio era el Ayuntamiento de Nueva York. Cuando llegamos a la gran sala del edificio, estaba atestada hasta el exceso de toda clase de gente, y muchísimos estaban de pie junto a las puertas y en los escalones, y por todo el patio: algunos conversaban, otros simplemente mataban el tiempo paseando de un lado a otro. El cónsul brasileño estaba allí, y cuando nos llamaron, se me preguntó si deseábamos quedarnos allí o volver a Brasil. Respondí por mi compañero y por mí que no deseábamos regresar; pero la esclava que estaba con nosotros dijo que regresaría. No tengo duda de que ella habría preferido quedarse, pero al ver allí al capitán, se sintió intimidada y tuvo miedo de decir lo que pensaba, y así también el hombre, pero yo dije con audacia que ¡¡preferiría morir antes que volver a la esclavitud!! Después de que se nos hicieron muchísimas preguntas, y las respondimos, nos llevaron a una prisión, o eso supuse que era, y allí nos encerraron. Unos días después nos llevaron de nuevo al Ayuntamiento y nos hicieron muchas preguntas más. Luego nos llevaron de vuelta a nuestro antiguo alojamiento, la casa de prisión, supuse que como preparación para embarcarnos de nuevo hacia Brasil, pero de eso no estoy seguro, pues no podía entender todas las ceremonias de encerrarnos y volvernos a abrir, de llevarnos al tribunal para hacernos preguntas y exhibirnos ante el público allí reunido: todo esto era nuevo para mí; por lo tanto, no podía entender del todo el significado de todo esto, pero temía mucho que estuviéramos a punto de ser devueltos a la esclavitud. ¡Temblaba al pensarlo! Mientras estábamos de nuevo encerrados, algunos amigos que se habían interesado mucho por nuestra causa idearon un medio por el cual las puertas de la prisión se abrieron mientras el carcelero dormía, y no tuvimos ninguna dificultad en pasar junto a él y alcanzar una vez más «el aire puro del cielo», y con la ayuda de aquellos queridos amigos, a quienes nunca olvidaré, pude llegar a la ciudad de Boston, en Massachusetts, y permanecí allí bajo su protección unas cuatro semanas, cuando se dispuso que me enviaran a Inglaterra o a Haití, y se me consultó al respecto para saber cuál prefería, y después de pensarlo un tiempo, me pareció que Haití se parecería más al clima de mi propio país y le sentaría mejor a mi salud y a mis sentimientos. No sabía exactamente qué clase de lugar era Inglaterra, o quizá habría preferido ir allí, más aún porque desde entonces he sabido que casi todos los ingleses son amigos del hombre de color y de su raza, y que han hecho tanto por mi pueblo en lo que toca a su bienestar y su progreso, y siguen hasta el día de hoy agitando la causa antiesclavista y toda otra buena causa. Así las cosas, decidí ir a Haití; en consecuencia, se nos consiguió un pasaje gratuito, y se reunieron provisiones considerables para mi uso durante el viaje.
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Haití
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Había a bordo un hombre de color de nombre Jones, que hablaba muy bien el español. Durante el viaje se tomó mucho trabajo para instruirme y para darme ideas correctas de cosas de las que yo me había formado la noción más absurda. Por ejemplo, una persona, al caminar bajo el sol, verá su sombra; de esta sombra me habían hecho creer que era el alma del hombre, de la que yo había oído hablar mucho, y que cuando el cuerpo moría el alma iba al cielo (es decir, la sombra), y el cuerpo iba a la tierra. Su explicación de esta sombra me desconcertó mucho, pero la solución del misterio me agradó, y empecé a sentirme orgulloso de mi saber.
Trabajé de vez en cuando para el capitán durante nuestra travesía a Haití. Cuando llegué a Haití me sentí libre, como en verdad lo era. Allí no existe la esclavitud, y sin embargo todos los que allí habitan son gente de color. No sabía ni una palabra de su lengua, que era el criollo; ¡tampoco sabía adónde ir ni qué hacer! Sin embargo, fuimos primero a la casa del Emperador. Fue muy bondadoso con nosotros. Uno de los generales del Emperador, de nombre De Pe, y mulato, me dio abundante comida y bebida, y por la noche me permitió acostarme con sus caballos en los establos, y los mosquitos me atormentaban mucho: me acosaban horriblemente. Con frecuencia me daba whisky y brandy para beber, y fue muy bondadoso conmigo en todo sentido; estos favores eran (aunque en sí mismos solo insignificantes en otras circunstancias) para mí grandes en verdad, considerando cuál era mi situación. Iba de casa en casa, «un extranjero en tierra extraña», y sin poder hablar una sola palabra de la lengua de la gente, y, lo que era peor que todo, sin un centavo en mi poder para comprar siquiera un pan con que satisfacer las ansias de mi estómago. Por fin un hombre de color de América me puso a trabajar para él como cocinero en su casa, pero era un hombre muy malo y no me quedé con él mucho tiempo. Por la noche me llevó arriba y me señaló el piso donde debía dormir, aunque había una cama en un rincón del cuarto, pero en cuanto me dio la espalda me metí en la cama y dormí profundamente hasta la mañana. Cuando descubrió que yo había dormido en la cama, me golpeó, me zarandeó mucho y me ordenó que no volviera a hacer nada parecido; pero la noche siguiente hice lo mismo otra vez, por lo cual me sacudió y me echó a la calle. Así me volví de nuevo un paria y un vagabundo. Dormí en las calles varias noches y me enfermé, de modo que cuando andaba por ahí creían que estaba borracho, pues tenía la cabeza mareada por la debilidad de mi organismo. De esta manera iba de casa en casa, y la gente no podía entender, sino que creía que yo estaba borracho. Después de esto, cuando el general De Pe se hubo fijado en mí, como antes se dijo, mi compañero de infortunio fue a ver al misionero bautista, el Rev. Sr. Judd, y le contó nuestras circunstancias, diciéndole que éramos dos esclavos de Brasil, y le preguntó si no podía hacer algo por nosotros, y entonces él accedió a tomarme a su servicio, en el cual entré con la más alegre presteza.
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Permanecí con él más de dos años, y un hombre o cristiano mejor que el Sr. Judd, en mi opinión, no se puede encontrar. Me trató con toda bondad; el color no era para él motivo de maltrato. Tampoco olvidaré jamás la bondad de su buena señora; ella se comportó conmigo durante todo el tiempo de mi servidumbre tal como debe comportarse una cristiana. La quería por su bondad, aunque no en todo momento me porté, ni siquiera con ellos, como merecían. Debo confesar que a veces los traté bastante mal. Entonces no tenía mucha gratitud. A menudo me emborrachaba mucho y los insultaba, pero ellos siempre pasaban por alto mi mala conducta, y cuando la Sra. Judd trataba de convencerme con halagos de que volviera a casa y me portara bien, yo peleaba con ella y le decía que no lo haría.
Después de mi conversión al cristianismo dejé la bebida y toda otra clase de vicios. Al cabo de ese tiempo hubo agitación en Haití para alistar la milicia; y como yo me oponía al espíritu de la guerra, al igual que mi amo y mi ama, se acordó que yo dejara Haití por esa razón, y ellos me consiguieron un pasaje a bordo de un barco con destino a Nueva York, a fin de educarme como preparación para ir a mi propio pueblo en África, a predicar el Evangelio de las buenas nuevas de gran gozo a los ignorantes y entenebrecidos de entre mis compatriotas que ahora son creyentes en el falso profeta Mahomed.
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Libre, y este libro
En el libro, antes de este pasaje vienen dos relatos sobre él escritos por otros: un fragmento de Facts for Baptist Churches, de Foss y Mathews, y la descripción que hace W. L. Judd de su bautismo en Haití.
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Echaré una ligera mirada al viaje de Puerto Príncipe a Nueva York, y relataré los incidentes relacionados con él tan brevemente como sea posible. Tuvimos una travesía de lo más miserable, con vientos contrarios casi todo el camino; de hecho, continuaron desde que salimos de Haití hasta llegar a un puerto del sur de los Estados Unidos de América, en el que nos vimos obligados a entrar a causa del tiempo. La esposa del señor Judd me acompañó en mi viaje, pues iba de visita a los Estados Unidos, donde residían sus padres.
Cuando el barco entró en el puerto, un dueño de esclavos subió a bordo y, al verme, preguntó si yo estaba en venta, comentando que yo era un negro de buena estampa, y que me vería bien desollado, ya que mi cuero era un poco demasiado oscuro. Encontramos en el mar un tiempo muy duro, y el barco se balanceaba y cabeceaba de la manera más espantosa. Hicimos oraciones a bordo, pero no temíamos el furor del mar, pues nuestra confianza estaba en Aquel «que sosiega el mar, y aquieta la tempestad». Mi señora me tenía mucho cariño, y decía que no se sentía nada inquieta mientras Mahommah estuviera cerca de ella. Tenía gran confianza en mí, no porque yo hubiera podido salvarla en caso de naufragio, sino que supongo que se sentía más tranquila por conocerme, y porque yo había estado tanto tiempo a su lado y la había servido fielmente.
Sin embargo, el tiempo pronto se calmó, y una vez más nos hicimos de nuevo a la vela con viento favorable, y pronto estuvimos otra vez en camino hacia la ciudad de Nueva York, adonde llegamos un sábado. Al día siguiente, a uno de los marineros, que me había mostrado gran amistad durante el viaje, se le metió en la cabeza ponerse de mal talante conmigo. Cuando estaba a punto de bajar a tierra, le dije simplemente: «dele mis respetos a su esposa», ya que había sido tan amable conmigo. Lo que dije no pretendía ser más que una pequeña cortesía, mientras que (según supe después) él había estado bebiendo. Lo tomó completamente a mal, me llamó «negro» y juró que me daría una paliza. Por la noche, cuando volvió otra vez a bordo, estaba muy borracho y se comportó con gran violencia, jurando que me rompería la cabeza con un palo que blandía sobre mi cabeza. Yo había puesto sillas alrededor de la mesa para la cena, como de costumbre, cuando él comentó que no tenía intención de sentarse con un «negro». Después se calmó más, y se sentó y comió como un cristiano, pero no fue sino hasta que le dejé ver un poco de mi propio mal talante, y lo amenacé con golpearlo, que se tranquilizó; cuando vio que ya no se podía jugar conmigo, cedió, y se volvió un buen hombre, solo porque se vio obligado a ello.
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Seguí el mandato de la Escritura, de ser «prudentes como serpientes, y sencillos como palomas», sin tener ninguna intención de golpearlo, sino solo de calmarlo. Mi prudencia la mostré en primer lugar, sin necesidad de mostrar otro espíritu que uno inofensivo; en segundo lugar, encontré que mi «prudencia» bastaba para el caso en aquel momento.
Llegamos sanos y salvos a tierra en Nueva York, y pronto íbamos en vapor rumbo a Albany, donde tomamos el tren hasta poca distancia de la casa de la madre de la señora Judd, que estaba a un corto trecho de un pueblo llamado Milford, en el estado de Nueva York. Llegamos a Milford temprano a la mañana siguiente, y a mí me enviaron por delante a la casa, mientras la señora Judd se quedaba en la posada para conseguir un carruaje que la llevara. Cuando llegué a la casa de su madre, tuve ganas de hacerles creer que yo era un fugitivo; pero como me hicieron preguntas de naturaleza precisa, no pude sino dar respuestas precisas. Le dije que venía de Haití, y ella conjeturó de inmediato quién era yo, pues su hija le enviaba a menudo relatos en periódicos impresos allá, y me preguntó si yo era Mahommah; le dije que sí. Quiso saber cómo había llegado a América, quién me había traído aquí. Se lo dije en seguida, y al punto se dieron órdenes de traer caballos, y volví por mi señora, que pronto estuvo una vez más en los brazos de una madre bondadosa y buena. Madre e hija se habían encontrado una vez más después de que los mares las habían separado por tan gran distancia.
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Permanecí allí unas cuatro semanas, luego fui a Meredith, en el condado de Delaware, entre las Free Missions, para ver si emprenderían la tarea de educarme, y ellas aceptaron hacerlo de inmediato. Un caballero de apellido Dalton fue sumamente bondadoso conmigo, y se encargó de mi caso ante los amigos de las misiones. Luego me enviaron a McGrawville, cuando C. P. Grosvenor era el presidente del colegio, quien fue muy bondadoso conmigo, y me tuvo en mucha estima, tratándome en todo como a un igual y a un caballero.
Permanecí casi tres años en el colegio, y durante ese tiempo hice muy grandes progresos en el estudio, antes de dejar el colegio. Mi maestra, la señorita K. King, compuso los versos siguientes, que yo recité ante el departamento primario del colegio.
Aquí el libro imprime un poema que su maestra, la señorita K. King, escribió para que él lo recitara en el colegio.
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Mientras estaba en el colegio, algunos de los jóvenes caballeros de allí, a quienes no les gustaba del todo mi color, me gastaron una considerable cantidad de bromas pesadas, y trataron de causarme algún perjuicio ante los directores. Me hacían toda clase de travesuras; cuando yo no estaba, esparcían mis libros y papeles por todo el cuarto, y amontonaban mis libros en una pila; también tapaban el tubo de mi estufa con virutas, de modo que cuando intentaba encender fuego, el cuarto se llenaba de humo; pero de estas cosas, no tenía más que quejarme ante quien correspondía, y todo se arreglaba. Pero no me gustaba estar quejándome de ellos continuamente, así que soporté en silencio buena parte de sus fastidiosas travesuras. No podía decir por qué me atormentaban así, excepto que no les gustaba mi color, y que creían que yo era un buen sujeto en quien gastar su humor juguetón.
Después de dejar el colegio, fui con las Free Missions, con quienes permanecí poco tiempo, y de esa fuente recibí más instrucción. Fui a la escuela en Freetown Corner, bajo la dirección de las misiones. Vivía con mi maestro, trabajando de vez en cuando para pagar mi pensión; durante mi estadía aquí. Tenía un cuarto para mí solo, y como hacía frío, siempre necesitaba fuego, pero como no había lugar por donde el tubo de la estufa entrara en una chimenea, una señora me sugirió que quitara un vidrio de la ventana y pasara el tubo por la abertura, lo cual hice, y sirvió muy bien a su propósito, hasta que llegó un día de mucho viento, cuando el viento, soplando por el tubo hacia abajo, hizo que mi cuarto se llenara de humo; cómo remediar el mal, no sabía exactamente, pero se me ocurrió una idea ingeniosa. Fui al armario y saqué un candelero grande y plano, que llevé afuera y coloqué sobre el tubo, quedando el candelero con el vástago hacia abajo. Esto sirvió bastante bien en cuanto a impedir que entrara el viento, pero al anochecer mi cuarto se llenó del humo sofocante, igual de mal que siempre; el remedio fue tan malo como la enfermedad. No había contado con la salida del humo. Me había imaginado que el viento, al entrar en el tubo, impedía que saliera el humo, por consiguiente mi plan fue adoptar algún método para que no entrara el viento, lo cual logré de la manera más eficaz. El desenlace ya se conoce. Así un hombre puede adquirir conocimientos, pedazo a pedazo, y en algunas cosas volverse muy hábil, y sin embargo puede enredarse en sus ideas con la cosa más simple que se pueda imaginar. Hombres más hábiles y más sabios que Mahommah han hecho cosas aún más tontas que esta.
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Después de esto regresé a McGrawville por poco tiempo, cuando el deseo de ver los usos y costumbres del pueblo que vive bajo el gobierno de la reina Victoria, de quien tanto había oído hablar, me indujo a ir a Canadá, donde permanecí poco tiempo, y quedando tan complacido con la acogida que allí encontré, decidí al punto hacerme súbdito de Su Majestad, con cuyo fin me presenté en la oficina correspondiente, presté el juramento de lealtad, y obtuve mis papeles de naturalización sin ninguna dificultad.
Fui tratado con bondad por todas las clases dondequiera que fui, y debo decir que en mi corazón nunca esperé recibir, en una nación tan distante de mi tierra natal, tanta bondad, atención y humanidad. Doy gracias a Dios de que disfruto las bendiciones de la libertad, en paz y tranquilidad, y de que estoy ahora en una tierra donde «nadie se atreve a amedrentarme», donde todo hombre puede, o tiene derecho a, sentarse «debajo de su vid y debajo de su higuera»: donde todo hombre que obra como hombre, sin importar su color, es considerado como un hermano, y donde todos son igualmente libres de hacer y de decir.
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Estando así rodeado de amigos, y en condiciones de disfrutar la bendición de una libertad pacífica, llegué a la conclusión de que había llegado el tiempo en que podía con propiedad poner por escrito todo lo que se ha relatado en esta obra, y cuando quiera que llegue el día en que se me abra un camino para ser útil en la regeneración de mi propio país amado, estaré listo para decir «Vengo», y que Dios en su infinita sabiduría apresure ese día, es la oración constante y ferviente del suscrito, cuyos sufrimientos y torturas, es de esperar, han abierto todavía más los oídos y los corazones sensibles.
El texto y sus fuentes
- Texto inglés: Biography of Mahommah G. Baquaqua, a Native of Zoogoo, in the Interior of Africa (Detroit: Geo. E. Pomeroy, 1854), según la transcripción de Documenting the American South, Universidad de Carolina del Norte. docsouth.unc.edu
- Mahommah G. Baquaqua y Samuel Moore, Biography of Mahommah G. Baquaqua, a Native of Zoogoo, in the Interior of Africa (Detroit, 1854), en Documenting the American South, University of North Carolina. docsouth.unc.edu
- Robin Law y Paul E. Lovejoy, editores, The Biography of Mahommah Gardo Baquaqua: His Passage from Slavery to Freedom in Africa and America (Markus Wiener, 2001; edición revisada de 2007).